¿Es que tanto tiempo ha pasado?

Alguna vez Borges dijo que recordar a Holmes de vez en cuando, es una de las pocas buenas costumbres 'que nos va quedando'. Por cierto, nada más cercano a la realidad. Aquellas escasaz de coger del estante un pesado volumen de caracteres góticos y dejarse llevar maravillosamente por una solución de cocaína al siete por ciento.
Ah (sigh), Sherlock. Figura mítica de gabán y pipa en boca, con una audacia refinada tan impropia de nuestros días.
Uno no puede dejar de envidiar esa pasividad, calma perenne que invade de tarde en tarde las habitaciones de Baker Street.
Eso de vestir ceremonialmente la bata y embutirse las zapatillas de descanso, para luego recostarse a interpretar suaves armonías en un magnífico Stradivarius a mitad de precio.
¡Qué vida! Dedicar horas a la Música Notturna
Delle Strade Di Madrid de Boccherini. Mú-si-ca, verstanden? Digo, ese sano hábito de deslumbrarse con la simplicidad de W. A. Mozart ó desglosar sutilmente el mensaje de un Chet Baker.
Todo aquello tan alejado de esos ruidos. De ese zumbido eterno que presentan en la t.v. señores de cuello y corbata, de los estampidos infernales que provocan peli-largos inmisericordes con los tarros y platillos, de conversaciones fútiles a medianoche. De escuchar sobre comprar inhaladores para críos enclenques, risotadas insolentes de madrugada, de suicidas y maricones, en fin, al menos todavía queda el consuelo de volver a Sherlock de cuando en vez o de vez en cuando.

La globalización, globalismo y globalidad de Sherlock Holmes


Con la misma impasividad que tiene Zeus, cuando asoma su nariz por entre las nubes para observar a estas hormigas autodenominadas seres humanos, repasé los caracteres de las primeras páginas de El Signo de Los Cuatro. Que aunque quizás no amerita decirlo, es uno de mis favoritos. Incluso más que Estudio en Escarlata.

Pero al punto. El primero capítulo lo han titulado algo así como “La ciencia del razonamiento deductivo”. Uno naturalmente ante tal elocuencia exclama ¡oh! – en un ¡oh! interior, se entiende.- pero a medida que va leyendo se da cuenta que es lo que en anteriores posteos hemos clasificado como la Ciencia de la Deducción.

Holmes es quien aclara: para ser un detective ideal se necesitan tres cualidades. Capacidad de observación, de deducción y conocimientos. Sobre este último punto en particular quiero enfocarme, pues en este volumen se comenta por vez primera sobre las famosas monografías que ha realizado Sherlock.

En ellas, por ejemplo, aclara las disimilitudes que existen entre las cenizas de los distintos tipos tabacos. “Saber la diferencia entre un lunkah indio y un Trichinopoly puede ser una pista de suprema importancia”, aclara el detective.

Con ciertos datos, como la ropa que lleva uno puesta o el polvillo que se almacena en la suela de su zapato, Sherlock es capaz de averiguar cual es su profesión e incluso algunas de sus costumbres. Sorprendente ¿no? Para quien lo niegue sería bueno que lo intentase. Tratar de averiguar quien es una persona sin mediar palabra.

Es un reto difícil, para muchos imposible; y me he puesto a pensarlo llevándolo a nuestros días. ¿Será que Holmes podría tener el mismo éxito en el Siglo XIX y en el XXI?

Es decir, la gente usualmente vive uniformada desde que nace hasta que muere. No salen de los jeans y las poleras cuando son jóvenes, y del traje cuando trabajan. Entonces, ¿cómo averiguar quienes son?

De las modas ni hablar, puesto que hasta el más alternativo compra su ropa en ‘falabella’ (Sin querer hacer publicidad, claro). Entonces antes el panadero era ezpañol, el relojero suizo y el huaso de Colchagua, pero ahora ya no existen esas ‘personalidades’. Todo es un todo. Un personaje igual a otro, mezclados. Buscando una diferencia, que por el mismo hecho de intentar ser diferente, se termina siendo igual al resto.

La ciencia de la deducción tiene un desafío importante en nuestros días. Un desafío grande. Es por eso que a veces me pregunto, ¿no?... ¿Qué habría sido de Sherlock en estos tiempos? Por cierto, no es que dude de sus capacidades, pero de verdad me pregunto si le hubiese acomodado un mundo exquisitamente monótono como este.

La muerte por Homicidio


Siguiendo una línea de tiempo, de aquí en más las aventuras de Sherlock profundizan en casos de difícil resolución para los detectives convencionales. Pues bien, el primer caso que se presenta es el citado en Estudio en Escarlata, llamado “El misterio de Lauriston Gardens”. Una historia que comienza a raíz de la carta que llega a manos de Holmes emitida por el inspector Gregson (Uno de los más despiertos en Scotland Yard, según Sherlock.).

Para un ‘detective asesor’, como se declara nuestro héroe, encontrarse con la muerte es algo cotidiano. No por nada, es él mismo quien aporrea cadáveres en la morgue pública, para comprobar las deformaciones que pueden sufrir los cuerpos según el tratamiento que se les aplique.

Sin embargo, para Watson este hecho le sobresalta. Aún cuando ejerce la profesión de doctor en medicina, le impacta el tener que presenciar la estructura de un cuerpo inerte a causa de un homicidio. “El asunto fúnebre que nos solicitaba no eran a propósito para levantarle a uno el ánimo”, apuntaba John.

Por su parte nuestro buen amigo Sherlock, se encontraba de muy buen ánimo. Es el caso lo que le motivaba a entonar dulces melodías a esas tristes horas de la mañana. A asumir diligentemente las primeras instancias para echar manos al trabajo.

Una vez más pienso que el doctor es quien representa al común de la gente, mientras que Holmes es el ideal. A Watson le afecta de manera exacerbada el trato con la muerte, al llegar a la escena del crimen, describe un cuerpo “triste, solitario e inmóvil, con los ojos inexpresivos y ciegos en el techo sin color”.

Pienso que este malestar o desazón, se debe primordialmente a lo que T. Hobbes llama el ‘miedo a la muerte violenta’. Naturalmente hay quienes temen dejar de existir. Pero sin duda, cualquiera preferiría hacerlo de la forma más sutil posible.

Uno se puede percatar de esto mismo dentro de las historias detectivescas. Novela negra. Hay que ver que las figuras que normalmente son asesinadas tienen rasgos particulares que hacen de la pérdida algo más pasajero. Como cuando uno se pone a ver las noticias y oye de muertos en otras latitudes como que no le afecta tanto.

Se trata primordialmente de varones, y que por algún u otro motivo, fueron muertos por fricciones anteriores de tratos ligados a la envida o avaricia. En definitiva, siempre hay un atenuante que justifica. ‘Murió, pero tal vez no merecía vivir’. Al menos esa es la impresión que me queda.

Pero no es que quiera tildar a Holmes de insensible o algo por el estilo. Es sólo el hecho de quedarse pasmado de vez en cuando con este tipo de situaciones. Sherlock por su parte funciona a la sombra de la justicia y no tiene tiempo para bagatelas. A mi juicio es lo que lo hace el verdadero héroe, un hombre que es capaz de aceptar los azares del destino con templanza, enfrentándose cara a cara al lóbrego espectro de la muerte.

El Sherlock melancólico


“De tarde en tarde me pongo melancólico y no despego los labios durante días. No lo atribuya usted nunca a mal humor o resentimiento. Déjeme sencillamente a mi aire, y ya verá que pronto me enderezo”.

Recuerdo claramente estas palabras de Sherlock, que hoy han motivado este posteo. Y es que al menos a mí, me resulta difícil de comprender cómo alguien tan brillante como Holmes, pueda tener una visión tan oscura sobre la vida.

Tal vez estoy pecando de ingenuo, tal como lo haría sin intención nuestro buen amigo Watson. Quien por cierto, refuta constantemente esta actitud de Sherlock, y en especial su adicción por la cocaína.(El Signo de Los Cuatro)
Pero, ¿por qué es tan importante para el detective escapar de la realidad de vez en cuando? Pues bien, su razón fundamental es que la vida cotidiana, es demasiado aburrida para molestarse en vivirla.

Tal aseveración podría haber salido de la boca de cualquiera de nosotros. Sin embargo, pienso que tras estas palabras se esconde una cruda crítica a la vieja costumbre de ver la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio.

Es normal criticar este tipo de vicios cuando no están formalizados. Es lo que le ocurre a Holmes usualmente, pues Watson se siente con la libertad moral de rectificarle. No obstante, creo que el caer en este tipo de debilidades, es propio del camino que realiza cada persona en la búsqueda de sentido a su existencia.

A mí juicio, esta crítica es una mensaje del viejo Doyle para toda una sociedad. Una sociedad muchas veces hipócrita, que se refugia en ciertos flagelos que muchas veces han sido incorporados y aceptados comúnmente. Por ello me pregunto ¿Cuál es el verdadero mal que puede ocasionar un detective consultor, que cae de tarde en tarde en los océanos opiáceos más profundos de la melancolía?

El cerebro es una habitación limitada (Ciencia de La Deducción)


¡Olvidarlo!. Créanme que no hay ser humano en esta tierra que pueda siquiera imaginar la cara que debe haber puesto el Dr. Watson cuando Holmes le contesta: "Ahora que me ha puesto usted al corriente, haré lo posible por olvidarlo".
¿Olvidar el que? se preguntará usted. Pues bien, en cierta conversación de nuestros dos entrañables héroes, Watson le hace saber que la tierra gira alrededor del sol. De inmediato Holmes, le replica que ese tipo de conocimientos no son de su más mínimo interés. Es natural, entonces la reacción de John. Natural, por cierto, para la persona promedio que está mimetizada en su personaje.
Ahora bien, ¿qué es lo que nos propone el buen Sherlock con todo esto? Pues que nuestra mente es como una 'pequeña pieza vacía que vamos amueblando con elementos de nuestra elección'. (Estudio en Escarlata) Es decir, que un humano promedio, puede tener un repertorio limitado de sapiencias.
Seguramente alguna visón antropocentrista nos dirá que hay más de 100 mil millones en el cerebro, etc, etc. Sin embargo, también es cierto que no todos los mortales somos iguales. De ahí la diferenciación, y la credibilidad que le doy a las palabras de Holmes en un sentido absolutamente práctico.
¿Podría usted recordar lo que hizo todas las tardes de su centésima semana de vida? Pues tiene usted más de 100 mil millones también, ¡debería saberlo!. Es una ridiculez... a lo que va Sherlock, es que uno debe poblar su bodega mental, de herramientas útiles a los fines que busca usted desarrollar.
¿Cuántas veces nos hemos puesto frente al televisor a ver estupideces? Ciertamente, ese ejercicio no le ayudará a tener una habitación limpia y bien ordenada. Lo ideal es tener conocimientos bien acabados, pero en las áreas que a nosotros más nos sirven.
Usualmente uno conoce a ese tipo de gente, que llena su azotea de conocimientos que luego no logra explicar con claridad. La Ciencia de la Deducción nos conduce precisamente a eso, que los hechos útiles no ocupen el lugar de los útiles. Permítanme preguntarles ¡¿Qué se me da a mí o a usted que la tierra gire en torno al sol o la Luna?! Particularmente no me afecta en lo absoluto.

La Ciencia de La Deducción

“Según veo, ha estado usted en tierras afganas” dictó el buen Sherlock cuando conoció a Watson. Esta escena es uno de los primero pasajes de Estudio en Escarlata y sin duda uno de los más emocionantes. Ocurre cuando Holmes con sólo tocar su mano al saludar, magistralmente descubre que su fiel compañero ha servido en Afganistán e incluso que se dedica a la medicina.

¿Pero cómo es posible lograr semejante cosa? Me lo he preguntado constantemente desde que leí esas líneas hace ya algunos años. ¿Será posible que un hombre pueda descubrir qué hace, intenta o piensa otro, sin más que con sólo observarle detenidamente?

Por cierto este escepticismo también proliferó en nuestro amigo Watson. Un hombre de ciencia, naturalmente no se deja llevar por estas cosas que parecen ser más acordes con un acto de nigromancia.

Inclusive Watson va más allá de mis dudas, y enfrenta a Sherlock, retándole a demostrar que lo que ha deducido no es más que un fruto de la casualidad. Por cierto, todo esto sumado a la provocación de un artículo que el mismo Holmes redacta en un periódico londinense, titulándolo como La Ciencia de La Deducción.

¡Valiente sarta de sandeces! exclamó Watson, dejando el matutino sobre la mesa. A lo cual Holmes responde con su primera brillante intervención.

Al ver a un mensajero a través de los cristales del departamento, infirió sobresalientemente qué profesión había ejecutado éste, antes que incluso llegara a tocar su puerta.

- Sargento retirado de Marina – explicó Sherlock sin titubeos. Se imaginarán la cara del buen John W., cuando el desconocido que traía un mensaje para Holmes, efectivamente reafirmó las palabras del detective reconociendo sus servicios a la infantería ligera de la Marina Real.

Sorprendente. Brillante. ¿De qué otra forma se podría calificar una particularidad como ésa? Holmes es un detective que tiene la facultad de resolver casos sin siquiera salir de sus habitaciones. Puede definir con somera precisión a qué se dedica una persona o dónde ésta ha estado.

Sin embargo, no es ningún acto de magia. Es simplemente tener los conocimientos para aplicarlos en el momento exacto. De hecho usted o yo hemos hecho este ejercicio con mayor o menor resultado: los prejuicios.

Los prejuicios son deplorables cuando son erróneos. Sin embargo, cuando aciertan, nos pueden dar un valor único sobre una persona. La gente tiende a creer que las rubias son tontas o que los hombres son desordenados, pero si ese juicio pudiese lograrse no en la base de la costumbre sino la de un conocimiento fundando, podríamos saber mucho de cada cual.

Por ejemplo, la contextura física, los ademanes, expresiones y formas de hablar, bien nos podrían informar cuándo estamos en frente de un deportista o de un policía, por ejemplo.

Ciertamente es un tema que da para discutir y para pensar. En especial para quienes tienen un interés particular en descubrir las intenciones de quienes nos rodean. A practicar y perfeccionarse entonces. Les invito a poner en práctica ¡La Ciencia de La Deducción!

¿Lupin o Dupin?

Ja, ja, ja ! Por cierto, mi favorito es Lupin. "Lo leo desde los Crímenes de la Calle Morgue". Muchas veces he tenido que soportar esta clase de 'frasesitas', tal vez demasiadas.
Naturalmente, los fanáticos de Holmes nos hemos encontrado en más de alguna ocasión con este tipo de personajes. Pedante solapero, intenta cubrir con su ignorancia la figura del más grande de los detectives.

"Me temo querido amigo, que está usted confundido", repliqué. Arsene Lupin, es un reconocido ladrón que fue ideado por el escritor Maurice Leblanc. Sin embargo, Los Crímenes de la Rue Morgue es una obra del talentoso Edgar Allan Poe.
Usualmente se compara a C. Auguste Dupin con nuestro admirado Sherlock, por sus dotes detectivescas, y a Lupin por su admirable ingenio.

Entiendo que los dos apellidos se parezcan. Pero caer en este tipo de error públicamente, es ser un lector de solapas y encima, insolente.

No vamos a entrar en discusiones sobre cuál es el mejor de los detectives. O si Holmes tiene menos méritos simplemente por aparecer después del otro. Pienso que Edgar Allan Poe es indudablemente superior a Doyle.

Eso no lo voy a desmerecer. Sería un crimen hablar mal de alguien que hizo lo que Poe logró. Crear algo sencillamente de la nada, y en las circunstancias en que vivía.
Sólo me queda agregar que sería bueno que cada uno se diera el tiempo de leer lo que va a criticar. Holmes es único y siempre lo será, más allá de haber sido inspirado en Dupin o en Lupin según fuese el caso. No me parece justo hacer una crítica al voleo.
Tal como dice el buen Sherlock " Es un error el teorizar antes de poseer los datos, puesto que uno comienza a deformar los hechos para hacerlos coincidir con lo que hemos teorizado y no al revés"... A pensarlo entonces, y hasta la próxima Holmesianos!

 
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